14 de febrero, Día Internacional de las trabajadoras y trabajadores de Flores: “Somos más importantes que miles de Flores Juntas”.
Comunicado de prensa No. 5
Este 14 de febrero, mientras los enamorados de Estados Unidos y Europa se regalan flores, las trabajadoras y trabajadores de Colombia, Ecuador, Kenia y otros países productores celebrarán por séptimo año consecutivo su día internacional, con cineforos, festivales municipales, jornadas pedagógicas en colegios y jardines infantiles donde estudian hijas e hijos de trabajadoras y trabajadores.
También organizaciones, consumidores y consumidoras de Estados Unidos, Holanda, Austria e Inglaterra, realizarán foros y campañas de sensibilización para mejorar las condiciones de vida de quienes producen la riqueza de la floricultura. La contratación directa y el derecho de asociación serán el tema central de esta jornada.
A propósito del 14 de febrero, una trabajadora de flores cuenta en primera persona su experiencia de lucha por sus derechos y su dignidad:
“Yo quiero mucho las flores, porque me han dado las cosas, siempre he trabajado con mucho agrado. Las personas que reciben un producto, muchas veces olvidan de donde vienen y quién las hace, que hay personas detrás. Hay muchas personas en Colombia que dependemos de este trabajo y los que compran flores el 14 de febrero tienen que exigir trato digno a la gente.
“Mi nombre es Diana María Goyeneche Pérez . Nací en Charalá, Santander, cuna de José Antonio Galán. Mi mamá murió cuando yo tenía 9 años. En mi juventud viví en la casa Hogar de la Joven en Cúcuta y trabajé en una fábrica de calzado desde los 16 años. Luego me gradué como bachiller técnica comercial.
“A los 21 años tuve mi primer hijo y mi hermano, que trabajaba como supervisor en una finca de flores me dijo que me viniera a Tocancipá a trabajar. Llegué en 1998 y entré a trabajar en cultivo de clavel, regar, sembrar, empiolar. Luego pasé a poscosecha. Allí me exigían empacar 10 ramos por hora.
“Mi niño se enfermó en el 2000 y yo tuve que renunciar y me regresé para Cúcuta. Volví en el 2002 y entre a otra empresa a trabajar en labores de cultivo y riego. Aquí conocí a mi esposo y me organicé.
“En 2005 entré a trabajar en Flores Singha como operaria de cultivo. La empresa estaba naciendo. Allí siempre trabajé en cultivo, en labores de corte y el rendimiento que exigían era cortar 200 rosas por hora, luego subió a 240”.
Tanto el nombre como los hechos que relata la trabajadora han sido divulgados bajo su consentimiento y con su autorización.
Allí trabajamos con una excelente ingeniera que tenía mucha calidad humana, sobre todo con las mujeres, pero luego fue reemplazada por el ingeniero César Agudelo, con quien se me presentaron muchos problemas.
“Un día comencé a presentar el Síndrome del Túnel del Carpio y tuve que recibir tratamiento por ocho días. Y cuando volví me ubicaron en el cultivo donde tenía que desarrollar labores muy duras, tuve que estar seis meses arrodillada.
“Luego empezó el hormigueo y la inflamación y aún así no me reubicaron en una labor de menor esfuerzo sino que me mandaron a poscosecha a una labor muy pesada. Por el frío me empeoré y aunque la Administradora de Riesgos Profesionales, ARP, visitó la empresa y recomendó mi traslado a otra labor, ellos hacían caso omiso. El ingeniero me dijo:-este es un negocio y aquí el que no produce se va…, y siempre me ponía en las labores más pesadas.
“Finalmente logré la reubicación y me pusieron en el aseo, cuidaba las plantas y limpiaba los alrededores de la oficina. Un día el ingeniero hizo una reunión para proponer que trabajáramos los domingos en lugar de los sábados. Yo les dije a mis compañeros que no firmaran eso porque perdían los dominicales y eso contaba para la liquidación y cesantías.
“Entonces el ingeniero me dijo: -por norma de la empresa y la empresa soy yo, usted sólo va a lavar los baños y vestiéres y luego se va a parar enfrente de la oficina sin poder hablar con nadie-. Mis compañeros lloraban de verme ahí, y a mí me dio síndrome de depresión profunda. Un día vino de visita el dueño de la empresa y me vio ahí parada y no dijo nada. Así estuve durante cinco días.
“Entonces yo puse la queja en la Personería Municipal por violación a los derechos humanos y el Personero le remitió ese caso a Asocolflores y al Ministerio de Protección Social. Y yo misma le dije al gerente que había demandado a la empresa, él me ofreció plata y me dijo que detuviera el proceso. Yo le dije que no era por plata sino por dignidad.
“En julio pasado finalmente renuncié a la empresa y ahora espero que se haga justicia y que la empresa me indemnice por todo el daño físico y psicológico que me causó. Espero que la gente conozca mi historia para que a nadie le vuelva a pasar esto”.
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